En Camboya, una rata encontró 109 minas terrestres en menos de cuatro años, caminando justo encima de ellas. Pesa poco más de un kilo, poco para activar minas pensadas para estallar bajo el peso de una persona; se llama Ronin, vino de Tanzania y es una rata gigante africana (Cricetomys ansorgei) entrenada por la organización belga APOPO. Cuando huele explosivo, rasca la tierra. Su guía marca el punto, un equipo destruye la mina y Ronin cobra en banano o maní.
¿Una rata de un kilo haciendo el trabajo de un desminador? Y más rápido. Según APOPO, una de sus ratas revisa un terreno del tamaño de una cancha de tenis en unos 20 minutos. Con un detector de metales, una persona puede tardar hasta cuatro días en el mismo terreno, porque el aparato pita con cada trozo de chatarra y cada moneda vieja, y cada pitido hay que investigarlo. A la rata el metal le da igual. Solo la detiene el olor del explosivo.
Ronin no fue el primero. Antes que él, Magawa encontró 71 minas y 38 explosivos sin detonar en cinco años. En 2020, la PDSA, una organización veterinaria británica, le dio su medalla de oro. En 77 años de premiar animales, nunca había condecorado a una rata. Magawa murió en 2022, a los ocho años. Desde abril de 2026, una estatua suya de piedra, de 2,2 metros, se alza en Siem Reap sobre un pedestal con forma de mina que guarda restos de explosivos desactivados.
¿Qué más puede encontrar una nariz así?
En Tanzania, otras ratas de APOPO no pisan el campo. Huelen esputo, la flema que tosen las personas con sospecha de tuberculosis. Las muestras llegan de las clínicas y se calientan para que ya no contagien. Una rata revisa 100 en unos 20 minutos; con microscopio, un técnico tardaría hasta cuatro días. Cuando huele tuberculosis, se queda quieta tres segundos con la nariz sobre la muestra.
Pero lo decisivo no es la velocidad, sino qué muestras huelen: también las que la clínica ya dio por negativas. En 2023, en 69 centros de salud de Tanzania, entre esas muestras negativas aparecieron 2.176 casos de tuberculosis. Eran un 48 % más de los que las clínicas habían encontrado solas.
Donde la clínica usaba microscopio, las ratas sumaron un 59 % más de casos. Donde usaba una prueba molecular que busca el ADN de la bacteria, todavía un 44 % más.
Las ratas no diagnostican: alertan. Cada alerta se confirma con otra prueba, avalada por la OMS, antes de contar como caso. Solo entonces se busca a la persona para que vuelva a la clínica y empiece el tratamiento.
En Camboya, la señal es rascar la tierra. En Tanzania, quedarse quieta tres segundos. Después de esos tres segundos, alguien que se fue de la clínica sin diagnóstico recibe el aviso de volver.








