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Querétaro honra a su memoria viva entre cempasúchil, música y el eco de la eternidad

Katia Lemus

Santiago de Querétaro huele a copal, a flor de cempasúchil y a esa nostalgia entrañable que solo sabe imprimir el mes de noviembre. Las calles del Centro Histórico no son simples trazos de cantera; son el latido constante de un pueblo que se niega a disolverse en el olvido.
Y es que, como bien resonó en los corredores de Palacio de Gobierno, las tradiciones no se conservan por sí solas: necesitan de manos pacientes, de voces que desafíen al tiempo y de corazones dispuestos a asumir la más noble de las responsabilidades: ser guardianes del patrimonio.

En esta ocasión, la ofrenda monumental de Día de Muertos, titulada con profunda justicia “Guardianes del Patrimonio” y estructurada en 17 nichos, alzó la mirada más allá del ritual para convertirse en un acto de estricta justicia histórica. Las velas encendidas no solo iluminaron fotografías; encendieron el compromiso colectivo de honrar a quienes dedicaron la vida a construir nuestra identidad.

Entre las figuras homenajeadas este año destaca con luz propia Luis Olvera Montaño, músico, docente y promotor cultural cuyo legado está indisolublemente ligado al Patronato de las Fiestas del Estado y al impulso de agrupaciones emblemáticas como la Estudiantina Femenina de la Universidad Autónoma de Querétaro (UAQ). Su hijo, Luis Olvera, heredó esa pasión por mantener vivas las expresiones festivas de nuestra tierra, un puente sonoro que conecta generaciones.
Junto a él, el altar rindió tributo a hombres y mujeres pilares de la cultura queretana:

Daniel Valencia, quien durante 28 años encabezó con rigor científico la investigación y protección de la zona arqueológica de El Cerrito.

Guillermo Muñoz Gutiérrez, compositor y acordeonista, cofundador de la Estudiantina de la UAQ y autor de la entrañable música de El Bachiller.

Alfonso Camacho Guzmán, cronista, escritor y pilar editorial de El Heraldo de Navidad.
Ambrosio Servín Valdés y Silvestre Pérez Bárcenas, maestros artesanos de la cerámica y del tejido de vara de sauce y mimbre.

Voces comunitarias y saberes ancestrales como los de Cecilia Guzmán Pérez (médica tradicional de Villa Progreso), Guadalupe Pérez Pérez (partera y promotora de Amealco), Fortunato Ramírez (difusor del son huasteco serrano), y María de la Luz Reséndiz Ávila, alfarera incansable.
Creadores de la vida festiva y cotidiana como José Alfredo Sánchez Hernández (San Pedro la Cañada), Carmen Callejas, Blanca Inés Moreno López, el presbítero José Morelos Flores (impulsor de la Procesión del Silencio en 1966), Juan Gabriel Leiva Orta (canterero) y Jorge Ramírez Galván, artesano de los icónicos toritos monumentales de La Cañada.

Durante la ceremonia, la secretaria de Turismo, Adriana Vega Vázquez Mellado, recordó que la cultura queretana no se hereda de manera pasiva. “Se cuida, se comparte y se mantiene viva todos los días”.

Con esa vocación expansiva, el tributo de este año trasciende nuestras fronteras geográficas: del 29 de octubre al 6 de noviembre, la esencia de este altar monumental cruzará el Atlántico para instalarse en Madrid, España, permitiendo que el mundo conozca el latido, las manos y la historia de quienes dan orgullo a nuestra tierra.

Porque frente a la ausencia física no existe el olvido. Cada flor colocada, cada acorde recordado y cada nombre pronunciado con devoción confirma que Querétaro sigue siendo una comunidad que se reconoce en sus raíces.

La encomienda está hecha: que el recuerdo de estos guardianes no se quede confinado en el humo del copal, sino que germine como un compromiso inquebrantable de proteger lo que somos.

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